El pianista que salió del infierno

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James Rhodes se recuesta sobre un diván negro y se deja flotar: suena Gal Costa cantando la bossa nova Desafinado -de Tom Jobim- en el hall de este hotel porteño de cinco estrellas. “La imagen del pianista atormentado es pura mierda. Si todos leyeran mi libro Instrumental: Memorias de música, medicina y locura sabrían que no sólo hablo de mis traumas y de las violaciones que sufrí. Es sólo una parte de mi historia. Mi libro es sobre música. Y la música, como el humor, es un escape al dolor”.

Hoy les ofrecerá una nueva salida a los demás. Rhodes tocará a las 20 en el Auditorio de La Usina del Arte (Agustín Caffarena 1, La Boca), con entrada gratuita. De 42 años, canoso, pálido y con anteojos, se sentará en jeans y zapatillas frente al piano Steinway e interpretará a Bach, Beethoven, Chopin, Liszt y, tal vez, a su admirado Sergei Rachmaninoff. También hablará de ellos, entre pieza y pieza, y hará reír al público. Por esas transgresiones se volvió famoso en todo el mundo, y luego por su best seller Instrumental: Memorias de música, medicina y locura (2015), que logra un gran impacto ya desde la contratapa: “Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero no voy a hablar de eso. Voy a hablar de música. Porque Bach me salvó la vida. Y yo amo la vida”, escribe Rhodes.

Su violador fue un profesor de educación física del Arnold House School de Londres. Años después se animó a denunciarlo, pero el tipo murió justo antes del juicio. En sus años posteriores al trauma, Rhodes pasó del sexo sin freno (con hombres y mujeres) al consumo de alcohol y drogas, llegó a los bordes de la locura y pasó por varios centros psiquiátricos, hasta que la terapia y la música lo transformaron. Se volvió un pianista virtuoso e informal y editó seis discos de piano clásico que, sorpresivamente, sedujeron a millones en Spotify y YouTube.

James Rhodes. Informal y cortés. (Foto: Lucía Merle)

A su primer disco, de 2009, lo tituló Cuchillas de afeitar, píldoras pequeñas y grandes pianos. En 2010, al segundo le puso Ahora todos los freudianos, por favor, háganse a un lado. Con habilidad para captar a públicos diversos, Rhodes no deja de burlarse de la industria de la música clásica. En 2016 provocó al publicar Toca el piano: interpreta a Bach en seis semanas, en el que explica que cualquiera puede aprender a tocar a Bach dedicándole 45 minutos por día en ese lapso. “La música clásica está llena de humor, no de solemnidad. Si uno no pudiera reírse, se suicidaría”, jura. “En una pieza de quince minutos hay risa, tristeza, alegría, locura, dolor, codicia. Tenés todo. Por eso para mí la música clásica es tan importante: porque contiene todas las emociones”.

Muchos críticos alabaron el poder argumental y la desnudez emocional de su libro Instrumental, pero otros lo rechazaron: adujeron que James Rhodes buscaba construir un show rentable alrededor de su dolor. “Eso es pura mierda”, le dice a Clarín. “Todos estamos atormentados, locos, ansiosos, enojados, celosos, depresivos, o comemos porquerías. Todos tenemos algo. Mirá sino a los banqueros, a Donald Trump o al Brexit. ¡El mundo se volvió fucking loco! Para escapar, no solamente sirve la música clásica. Todos podemos hacer cosas creativas: tocar un instrumento, escribir, bailar o pintar”. Y revela que está escribiendo la continuación de Instrumental. “Voy a hablar de lo que me pasó luego de Instrumental: las giras y las experiencias arriba del escenario en tantos lados. También de mi trabajo con la educación musical para chicos, que desarrollo hace mucho”. Se ríe, Rhodes: “Ya tengo el título pero temo decirlo: no sé si a mis editores les va a gustar. Tengo que buscar un argumento para defenderlo”.

El primero, para él, ya no necesita ser amparado. “Si quienes critican Instrumental vieran al libro como a un todo, entenderían que en el fondo es una historia positiva. Habla sobre la música, sobre el amor y sobre el hecho de ser padre. Obvio que también describo todo mi dolor. Yo traté de escribir una autobiografía, y si sólo escribía de lo bueno no iba a tener ningún sentido para mí. Especialmente ahora, en que necesitamos hablar cada vez más acerca de enfermedades mentales, del abuso y violación de niños. Tenemos que empezar a hablar de todas esas cosas que siguen siendo medio secretas. Pareciera que los hombres no se deprimen o que no son violados, pero eso sigue ocurriendo. Yo no hago un regodeo de mi dolor.”

Rhodes se incorpora en el diván y escucha, en el hotel, a la inglesa Sade con su voz de soul negra y misteriosa. “¡La industria de la música clásica es tan fucking seria! Hay tipos que dan conciertos y pareciera que estuvieras en una iglesia. ¡Hay que relajarse y disfrutar tocando! Una de las grandes cosas de los conciertos es que no necesitás wifi, Facebook, publicidades o realitys shows. Bajan las luces, cerrás los ojos y te entregás al placer de escuchar. El dolor se queda afuera el tiempo que dure. Por eso la música es tan buena, como la meditación”. ¿En una forma oriental de meditación? “En una forma accidental”, bromea Rhodes.

Y piensa en qué dolencias de su pasado aún no exploró a través del piano cada vez que se sumerge en Bach, en Schumann o en Sergei Rachmaninoff, cuyo nombre y apellido se tatuó -en ruso- en el brazo izquierdo. “Todo mi pasado transcurre cuando toco el piano y cuando escucho música en mi casa”, siente. Cuando comiencen a reaparecer los momentos malos o traumáticos, Rhodes sabrá qué hacer. “Trato de no deprimirme, para que no sea más grande el dolor. Yo tengo mis rutinas, mi terapeuta y mis amigos y, por supuesto, la música. Es muy feo estar deprimido cuando tocás el piano, porque estás muy enfocado en tu mente. A mí, luego de tocar, me lleva un largo rato encontrar la calma”.

Otra plenitud halló luego de otro conflicto personal: la ex esposa de James Rhodes intentó prohibir su libro Instrumental para evitar que el hijo de los dos, que hoy tiene 14 años, sufriera al saber de las violaciones que había vivido su padre. El caso llegó al Tribunal Supremo británico y motivó un litigio millonario. El 6 de junio de 2015, junto a su nueva esposa Hattie Chamberlin, Rhodes salió sonriendo de los tribunales con su libro en la mano: la Justicia le había dado la razón. “Aún hoy tengo dificultades con la madre de mi hijo. Ellos viven en Estados Unidos y lo veo cuatro veces al año. Pero, realmente, él no está muy afectado por mi libro. Es un adolescente y su mundo cotidiano pasa por jugar a los videojuegos con sus amigos. Cuando viene a visitarme a Londres, le divierte que la gente me pare por la calle para pedirme un autógrafo. Lo importante es que estoy feliz cuando pasamos tiempo juntos”.

James Rhodes: El pianista que salió del infierno

Rhodes. Un presente amable tras un pasado de terror. (Foto Lucia Merle)

Rhodes sabe el modo en que ser padre modificó su experiencia como músico. “Cuando te convertís en padre, una parte de tu corazón que siempre había estado cerrada se abre definitivamente. Eso tiene un impacto en tu música, en tu escritura y en tus relaciones. Por eso, cuando toco el piano hay mucho más en mi corazón”.

Además de pianista, docente

El aprendizaje musical y el mundo real

En 2010, James Rhodes fue el primer músico de clásica en firmar un gran contrato con la multinacional Warner Music: el disco que editó ese año fue Balas y canciones de cuna. Pero no dejó el plano independiente. En 2015 editó Inside Tracks: The Mix Tape por su propio sello, Instrumental Records. A la par, protagonizó varias series en la BBC hablando acerca de las propiedades sanadoras de la música en esquizofrénicos. Entre otros proyectos en TV, presentó en 2014, en Channel 4, una serie en dos partes titulada Don’t Stop the Music, orientada a mejorar la educación musical en el Reino Unido, que fue acompañada de una colecta de siete mil instrumentos para distribuir en 150 escuelas primarias.

“La educación musical temprana está inmersa en una gran crisis en Inglaterra y los Estados Unidos, pero también en Alemania. ¡En la tierra de Bach, Beethoven y Mozart! Eso es deprimente, y explica que una generación entera de chicos no sepa quiénes son Beethoven o Bach o cómo luce o suena un violín. La música es un derecho humano básico. Todos los chicos podrían aprender instrumentos como aprenden matemáticas o lengua, y no está pasando. ¿Acá en Argentina sufren lo mismo?”, indaga Rhodes.

James Rhodes: El pianista que salió del infierno

Salud mental. James Rhodes sabe que la música mejora la confianza.

Su queja no responde sólo a un afán de exhibición técnica. “No se trata sólo de música, sino de salud mental. Es poder hacer algo sin depender de la app de un celular”, describe el pianista. “Con la música aprendés habilidades para el mundo real: disciplina, confianza, atención y trabajo grupal. En una escuela de Londres, dos chicos no podían sentarse en la misma mesa porque solían agarrarse a trompadas, pero los pusieron en una orquesta y terminaron tocando juntos. Fue un impacto muy sorprendente”.

James Rhodes toca el viernes 17 a las 20 horas, en La Usina del Arte, Agustín Caffarena 1 (y Pedro de Mendoza), con entrada gratuita.

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