infierno y paraíso en Florencia

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Es posible que Florencia haya sido el centro de la civilización occidental al menos en dos momentos, y seguramente en uno. Los vestigios del primero, en el que Dante Alighieri fue a la vez uno de los priores de la ciudad y su cabeza comenzaba a concebir el Infierno, no son escasos.

La casa que fue de Alighieri, o al menos una parte de las paredes, hoy restauradas y convertidas en sostén de imágenes y textos que reproducen libros y blasones; una cama semejante a la suya en el ático, tal vez. El fabuloso Duomo -la catedral Santa María del Fiore- en mármol blanco, verde, rosa. A media cuadra de la casa de Dante, la iglesia en la que, se dice, tres acontecimientos fundamentales de su vida se produjeron: la primera o segunda vez en que vio a Beatriz Portinari; su casamiento con Gemma Donati; el entierro de Beatriz.

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Allí, una mendiga nos indica cuál era la tumba de Folco en la que presumiblemente estén los restos de su hija Beatrice. Sobre esa tosca lápida una cesta pequeña recoge papeles, mensajes a la muerta como si fuera una santa, o como si todos supieran que Beatrice fue bella, sabia, milagrosa, y está en uno de los lugares más altos de la rosa mística en el cielo de Dante. O en el Cielo sin más.

El célebre Ponte Vecchio, sobre el río Arno.

Pero el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso fueron concebidos por Dante en el inmenso vacío de esta ciudad en su corazón, puesto que los escribió en el destierro, cada vez más con la convicción de que no volvería a Florencia. De manera que es posible que en esta ciudad Cielo, Purgatorio y Paraíso estén presentes, y pasemos de uno al otro al dar vuelta una esquina, al cruzar el Arno por el Ponte Vecchio, al descender unos escalones o elegir una de las tantas bifurcaciones que sus calles ofrecen. El cielo está sin duda en el celeste insistente de los cuadros renacentistas: un vacío paradojalmente poblado, o en los mármoles blancos, verdes y rosados del Duomo.

Los Médici, prestamistas que prefirieron dejar como herencia el gran arte de su tiempo, atravesaron de este modo su Purgatorio. Y crearon uno. Tanta belleza disponible, es asimismo descorazonadora. ¿Cómo entrar, como capturarla toda en su enorme variedad? En cuanto al Infierno, está, se sabe, en todos lados.

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Del segundo gran momento de Florencia, los testimonios abruman. La galería Uffizi, palacio de la magistratura, convertido luego en depósito del increíble tesoro de arte de los Medici, es apenas parte de ese enorme botín cultural que acumuló la ciudad en los años del Renacimiento. Luego está la Galleria dell’Accademia con el famosísimo David de Michelangelo Buonarroti, una imponente estatua de un bien proporcionado adolescente que se alza hacia una cúpula luminosa. Y el palacio de los Pitti, una grosería en cuanto a acumulación de arte mayor pero sin ton ni son, y de lujos de diversas generaciones y siglos.

Todo esto justifica al parecer que Florencia siga siendo el centro de un mundo, pero de un mundo que se diría vacío, un mundo inexistente incluso para el arte, un mundo de ideas vagas, de adquisiciones imposibles, de apropiaciones nunca realizadas por las miles de selfies tomadas bajo el miembro viril de David o contra los mármoles del Duomo.

No se trata de decir que multitudes de japoneses, alemanes, ingleses, norteamericanos, españoles y argentinos pasan delante de una de las obras más bellas del Renacimiento sin verla: el Cristo in Pietà, de Andrea del Sarto. Se trata de que no ven ni el propio David, porque los guías son pocos y el vacío no lo llenan las selfies ya asumidas como género. Selfies que gritarán aquí estoy yo frente a…

Jorge Aulicino: infierno y paraíso en Florencia

Jorge Aulicino.

El terrible silencio de la civilización suena de nuevo a infierno, de noche, junto a Santa María Novella y la estación ferroviaria del mismo nombre. Una especie de Soho amedrentador, pero amable cuando se lo trata, construido por cafetuchos, trattorias, “boites”, discotecas, hoteles, locales donde se vende kebab, africanos que hablan mal en italiano y ofrecen bastones para selfies o medias, muchachos en Vespa. En la Via Palazzuolo, en la Trattoria da Giorgio, mi hermana Margarita y yo comimos quizá la mejor comida de nuestro viaje a Italia: un denso sopón-guiso de ignotos ingredientes. Giorgio, un “padrone” como los de antes, con físico de centurión, se paseaba entre las mesas, posando su mano sobre el hombro de uno, cambiando palabras con otro.

Allí el vacío de piedad del mundo parece más vital que el estridente de las selfies y las miradas de los turistas a cosas que son suyas, pero que muchas veces no comprenden. No por incultura, por la a-cultura de la sociedad global. Esto es, no la multirracial del Soho: la del consumo de Medusas de Caravaggio, Davides de Michelangelo, cristo y cristos bajados una y otra vez de la cruz; y madonnas que ascienden para no volver.

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