Meryl Streep, veinte veces ganadora

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Hay actores y actrices de Hollywood que son conocidos por toda la familia. Los abuelos, los padres y los chicos saben, por ejemplo, quién es Harrison Ford (para los más pequeños, gracias a la última de Star Wars), y el nombre de Meryl Streep debería empezar a sonar como algo habitual o renombrado si esa familia va al cine, o al menos sigue los Oscar por televisión.

Porque no hay ninguna actriz o actor que haya sido más veces candidato al premio de la Academia de Hollywood. Con la que recibió esta semana por Florence, la mejor peor de todas, Mary Louise Streep ya tiene veinte nominaciones. Veinte veces candidata en los últimos 38 años. Casi una vez cada dos años.

En verdad, no es tanto si se hace el cálculo: ganó tres Oscar, que parece un montón, pero recibió 163 premios internacionales.

Lo verdaderamente importante es escuchar a Meryl no desde la pantalla led del televisor, sino desde la pantalla de un cine. Ahí gana siempre.

Nacida en New Jersey el 22 de junio de 1949 (tiene 67 años), sus primeros pasos de actuación iban orientados hacia la ópera. Precisamente en Florence… interpreta a la que es mundialmente reconocida como la peor soprano de la historia. La película se estrenó entre nosotros allá por el 7 de julio del año pasado. Está basado en un personaje de la vida real, una señora con mucho dinero que los aplaudidores elogiaban gracias a lo que les pasaba su esposo (Hugh Grant en el filme de Stephen Frears), quien prohibía que los críticos escribieran sobre ella, que llegó a llenar el Carnegie Hall en 1944.

Comedia devenida en drama, Streep se mete rápidamente al público en el bolsillo.

Ganó ya tres Oscar, decíamos, y a diferencia de otros intérpretes, que obtuvieron una estatuilla como actores protagónicos no precisamente por sus mejores actuaciones –Pacino por Perfume de mujer en vez de por Tarde de perros; De Niro por los kilos de Toro salvaje en vez de Taxi Driver; Paul Newman, tardíamente por El color del dinero-, cada vez que Meryl Streep se tuvo que levantar de su butaca lo hizo para recibir un premio que bien lo merecía.

Meryl ganó su primer Oscar como actriz de reparto por Kramer vs. Kramer. Era la esposa que dejaba a su marido (Dustin Hoffman, que ganó como mejor actor), quien debía criar a su hijito en el filme de Robert Benton. Un año antes había tenido su primera candidatura, también como actriz secundaria, por El francotirador.

El presidente de los Estados Unidos dijo hace unas semanas que era “una de las actrices más sobrevaloradas”, luego de que ella se despachara contra él en la ceremonia de los Globo de Oro, donde justamente la premiaron por su trayectoria.

Su segundo premio llegó después de no ganar (que no es lo mismo que perder) como actriz protagónica por La amante del teniente francés, con un drama de aquéllos: La decisión de Sophie. Para los que no la recuerdan o son demasiado jóvenes, cuando ingresa a Auschwitz, un médico la obliga a elegir a uno de sus dos hijos: uno irá a un campo de trabajo; el otro, a la cámara de gas. Ante la idea de perder a sus dos hijos, Sophie elige… Los académicos la eligieron a ella como mejor actriz.

Debieron pasar doce candidaturas –sí, una docena de veces Meryl se quedó sentadita y aplaudiendo mientras veía cómo se lo llevaban a su casa Shirley MacLaine, Geraldine Page, Cher, Jodie Foster, Kathy Bates, Susan Sarandon, Gwyneth Paltrow, Hilary Swank (todas como actrices protagónicas), Catherine Zeta-Jones (actriz de reparto) y de nuevo actriz en un rol protagónico (Helen Mirren, Kate Winslet y Sandra Bullock)-. Lo volvió a ganar por La dama de hierro, donde interpreta a nuestra conocida Margaret Thatcher.

Y las dos últimas veces que fue candidata, las estatuillas se las llevaron Cate Blanchett (actriz protagónica) y Patrica Arquette (actriz de reparto).

El presidente de los Estados Unidos dijo hace unas semanas que era “una de las actrices más sobrevaloradas”, luego de que ella se despachara contra él en la ceremonia de los Globo de Oro, donde justamente la premiaron por su trayectoria. Es muy probable que Streep no suba en la tarde/noche del domingo 26 de febrero a recibir el Oscar, por lo que nos vamos a privar de escuchar otro discurso antiTrump.

Lo verdaderamente importante es escuchar a Meryl no desde la pantalla led del televisor, sino desde la pantalla de un cine. Ahí gana siempre. Y si la política es el arte de lo posible, qué queda para ella, que logra que lo imposible se vuelva realidad.

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